BioSejo

esto es —como [casi] diría Voet,D. et al. en el subtítulo de su libro de bioquímica— "Mi Vida a Nivel Molecular"… blog de sejo con colaboración de la sejoina, la sejosa, la sejasa, el sejinTriFosfato, y otras c-osas y cos-inas más

No hay telón. Una luz tenue se enciende alrededor del cuadrado del piso. El fondo se apaga más. Vemos que el aire está sucio porque el polvo cuelga de cada molécula. Brilla un poco el suelo que no logró ser negro aunque lo encargaron con un especialista tradicional. Ya fue usado para ensayar y en su plana existencia cuenta con pedazos microscópicos de pies diversos, restos de sudor seco, pequeños hilos enroscados que escaparon de algún tejido, mezcla de respiraciones que ya se condensaron. El silencio nos tapa los oídos, el diafragma no trabaja y el corazón no late. Un cuerpo humano vuela desde un lado. Vuela y luego cae en su costado, inmóvil hasta que abre sus ojos.

De pronto me encontré ahí dentro.

Paredes grises encerraban al espacio que me rodeaba. Estaba atrapado. Me levanté para explorar el lugar y también para estirarme. Cada paso podría ser descrito en una página o podría solo ser mencionado. Cinco veces levanté el pie derecho para llegar al borde más cercano. Doce veces para ir enfrente, otras tantas para llegar al norte. No había diferencia.

Una mujer camina lento en el borde. Porta un cinturón del que sale un listón rojo hacia atrás. Tiene la mirada fija, avanza hacia la derecha aunque apenas ha dado poco más de un paso. No lleva vestido, por qué llevaría. En sus ojos se reflejan las siluetas de las personas que se acercan hacia el cuerpo caminando en el centro del escenario. La luz se intensifica, hay un nuevo origen colocado arriba. Se detienen. Ven nuestra frente y empiezan a golpear el aire.

Las paredes crujieron. Se rompieron poco a poco mientras rompían el silencio. La atmósfera interior se tensó y yo me preocupé. De verdad no sabía qué hacía ahí. Observé que todo seguía siendo gris y estable. Inhalé un par de veces, exhalé lento. El cuerpo se relajó, un hormigueo colonizó mis pies, y entonces empecé a recordar.

Yo venía caminando por un sendero diferente al habitual cuando reparé en que no había arreglado mi bota. Forma parte de un par con el que cuento desde hace diez años cuando fui de vacaciones con mis amigos a esa isla controversial. Por varios días habíamos estado recorriendo la capital en todo sentido y en todo sentido, agotándonos bajo la humedad y el Sol. La última tarde encontramos a un señor que vendía objetos usados afuera de nuestro hotel. Después de verme, señaló las botas que yo iba a comprar. Me dijo que si bien ya no me servirían para recorrer su ciudad, deberían ser de utilidad en las urbes del mundo. Pasó el tiempo que destruyó mis amistades pero no mi calzado (solo lo rayó). Estos días pensé en ese viaje y en que debería corregir lo dañado: tenía que contactar a un zapatero.

Desde atrás entra a paso rápido una mujer de pelo lacio. Lleva en la mano derecha un par de sandalias mojadas. Sus pies dejan huella, y el vestido que ella sí lleva puesto es azul oscuro y se agita junto con el polvo del aire. La mirada que tiene se dirige a nosotros para asombrarnos con su estética y conmovernos con su expresión dolorosa. Pasa al lado del hombre que está de pie, aunque encorvado y tocando sus empeines desnudos. Él continúa, ella se detiene y nos grita “¿POR QUÉ?”. Su sonido es infinito, el aire no se termina.

Corre una muchacha desde la esquina, carga a la que sigue emitiendo su voz, se la lleva afuera hasta que el sonido se desvanece. A su salida dejan caer una nariz postiza roja.

Apareció una puerta en el cuarto pero no la pude abrir. Todo raro. Como sea, me seguía pareciendo menos explicable cómo llegué ahí: al levantarme después de revisar mi bota en el sendero, vi que me situaba enfrente de una construcción enorme. Un letrero, en perspectiva pequeño, me quedaba a unos pasos. Me acerqué para leerlo mientras continuaba en mí la impresión por el tamaño de la pared. Solo habían dos palabras, Chez Morales. Parpadeé, y cuando abrí los ojos mis botas todavía estaban allí en mis pies, pero yo ya me encontraba adentro.

Alguien tose entre nosotros, nos ponemos tensos y buscamos callarle. La iluminación ya es muy clara y poco a poco retomamos la concentración. Tomamos un trago de café. Nos preguntamos cómo la mujer del listón rojo puede seguir su paso lento, constante y controlado a través de la longitud del campo de visión.

Un grupo de personas uniformados abrieron la puerta desde fuera y me vieron ahí, solo, perdido. Me tomaron cordialmente y me llevaron a la salida del cuarto, donde encontramos un pasillo. Al fin pude ver que como bien indicó el letrero, la construcción era una casa. Puertas de diferentes tamaños iban escoltando nuestro camino, con distintos tipos de habitación adentro. Y más importante aún, había mucha gente en todos lados.

Se escuchaban voces en cualquier dirección. Cada persona hablaba en el mismo idioma pero con otras intenciones. Un individuo es un mundo cuando es un orador, y este lugar juntaba todos esos mundos en un nuevo universo como burbujas de esponja. Así sobrevivían juntos, acercándose aunque no se intersectaran o de hecho dando paso a otras formas de expresión. La palabra hablada sobrevivía a pesar de su poca claridad o eficiencia al usarse, de su capacidad de convencimiento emocional y de su característica efímera. Entonces había ruido en todo el recinto. Apenas iba entendiendo lo que unos decían, cuando la interferencia de los demás hacia indescrifrable su sonido. Me llevaron a un gran salón con sujetos conviviendo y bien vestidos.

Las capacidades de sonido del recinto al fin se hacen notar. Podemos escuchar risas grabadas en alta resolución, murmullos a diferentes velocidades. Cada intérprete elige un sonido diferente al cual bailar, y en ocasiones interactúa con otros para comunicarnos algo. El suelo se raspa suavemente mientras nosotros nos asombramos de las situaciones simultáneas que ocurren en escena. Una multitud ocupa paulatinamente el espacio. De pronto, del techo cae un folleto sobre cada uno de nosotros. Cuelga de un hilo de color tan delgado que no se ve.

Un grupo de personas se acercaron conmigo y me vieron extrañados. Trataron de hablarme pero me costó entablar una conversación. Se fueron y me sentí más perdido todavía. Gente, voces, mucha gente, muchas voces. Un joven se alejaba con rapidez de un trío que se convirtió en par, para dirigirse a un cuarteto que entonces sería quinteto. Lo interrumpí, “¿dónde estamos?”.

Una luz se enciende y nos indica salir del estado de atención. Tomamos el papel que está enfrente de nosotros, y lo leemos.

La casa había sido construida cuando inició el siglo pasado, bajo la dirección de los padres del actual señor Morales. Esteban Morales fue llamado a la guerra de la época y desde entonces no se supo mucho más de él. Sus papás vivieron desesperados un par de años, estuvieron esperando durante otros tres, y al final se vieron obligados a rendirse. Cuando esto sucedió, decidieron pagar por el desarrollo de un edificio donde mil personas diferentes y cien personas iguales pudieran vivir de forma adecuada. La idea era llenar el hueco de su alma debido a la pérdida de Esteban, con fragmentos muy pequeños de cada una de los inquilinos. Uno toma algo, lo que sea, de cada persona con la que convive. Si los Morales podían recibir a poco más de un millar de invitados en su nueva casa, ciertamente iban a lograr alimentarse de sus individualidades para olvidar al ser más querido que era su hijo.

Además, Esteban siempre había deseado desarrollar un edificio cúbico que midiera un kilómetro por lado. Apenas regresó después de haber estado perdido en el tiempo siguiente a la guerra, y encontró su sueño hecho realidad. Sin embargo, él ahora era señor, y sus padres ya habían muerto en una de las habitaciones. Tuvo que soportar el impacto de encontrarlos viejos y sin vida, y vivió el terror de transportar cuerpos dentro de su propia casa o ciudad. Hasta este momento, el señor Morales había mantenido las apariencias y de paso había aprovechado la estrategia de sus padres para llenar sus propios vacíos.

La gente forma ahora una masa que rodea al personaje central. Él trata de escabullirse pero la densidad es grande y su tamaño molecular también. El sonido en la sala ahora indica estrés, y las luces color naranja logran doblar al ambiente de tal forma que se llena de líneas en tensión. Un golpe musical seguido de otro, acompañados de movimiento que se difunde entre todos ellos. De pronto nos lanzan miradas que denotan su individualidad opacada.

Traté de comunicarme en esa sala porque era lo que todos hacían. Como sea, el problema era esperar que los demás iban a poder responderme. Me veían pero no me observaban, cada quien escribía sus historias con la gente adyacente y no gustaba de que hubiera un intruso afectándolos. Quise huir para respirar un poco de aire con un sazón de soledad. El problema es que en cada pasillo, cada habitación, cada metro cúbico de esos mil millones, había rastros de gente. En todos lados podía oírlos, en cada rincón era posible verlos, en lugares estratégicos podía olerlos, en la comida percibía su trabajo de cocina, y casi no podía caminar sin sentirlos.

La mujer del cinturón ya casi dejó atrás de ella todo el listón rojo. Sigue avanzando, lenta pero impresionante. La multitud sale del escenario para dejarlo a él solo recorriendo y explorando el espacio. Se apagan las luces del techo, se apagan las luces del suelo. Él se mueve poseído de frenesí. Una sola lámpara escondida se enfoca para dejarnos claro lo que sucede. Empieza a buscar a través de las rejas invisibles para seguir a través de nuestras miradas inquisitivas. De alguna forma está logrando que nos sintamos identificados. La música es estruendosa, el sujeto quiere explotar y llevarnos consigo. Aparece otro sujeto en escena.

Seguí buscando a dónde ir, finalmente ese lugar era enorme y con señalizaciones de los sitios de interés.  De pronto sentí una mirada paralizada y paralizante que me seguía. Sobre mi espalda había un peso de acusación pero también de intriga que me preguntaba hacia qué cuarto me estaba dirigiendo y por qué estaba evitando a las personas. En un momento lo pude ver, era Esteban Morales desde su balcón interno. Tal vez yo le estaba aportando más a su vacío que la multitud de la que yo huía, o tal vez se lo estaba recordando con mayor intensidad.

¿Cómo era posible que él se sintiera mejor en compañía de tantas personas encerradas y obligadas a aportar de la individualidad que iban perdiendo justamente por estar en esa situación? Comparando mis experiencias solo en el extraño cuarto o solo en la extraña casa completa, no podía más que preferir la primera. Encerrado entre paredes físicas sabía que no había alguien más, mientras que encerrado con tanta gente egoísta solo traía decepción y desesperanza. ¿Lo que tomé de cada uno de ellos me habría servido de algo bueno en realidad? El señor Morales se retiró del balcón, y lo último que pude ver de él fueron sus botas relucientes y hace poco arregladas.

Realizamos respiración anaeróbica porque el aire deja de circular en el ambiente entre nosotros. El listón rojo ya va a ser una línea completa mientras el sonido pierde su forma para dar paso a la discordia.

Encontré un letrero que indicaba la localización de un foro artístico. Las personas se veían más abiertas en esta sección de la casa donde todas las puertas estaban cerradas. Mis oídos ya acostumbrados al murmullo infinito de las habitaciones, se volvieron a sobresaltar cuando me acerqué al recinto rodeado de gente que esperaba la función.

El hombre al centro del escenario empieza a calmarse, la atmósfera se tranquiliza con tonos azul claro. El ruido es estruendoso y contrasta con lo que puede verse. Ahora solo camina decidido en el espacio, seguro de estar buscando lo que lo hará entender todo lo que ha pasado. Voltea hacia nosotros, y después de analizarlo unos momentos, corre hacia el público mientras empezamos a terminar de entender.

Hicimos una fila y pasamos ordenadamente a los lugares. La emoción del arte me provocó olvidar que estaba con personas y que lo que veríamos también provenía de la gente misma. Tomamos asiento y esperamos a que comenzara la función. El foro a oscuras.

No hay telón. Una luz tenue se enciende alrededor del cuadrado del piso. El fondo se apaga más. Vemos que el aire está sucio porque el polvo cuelga de cada molécula. Brilla un poco el suelo que no logró ser negro aunque lo encargaron con un especialista tradicional. Ya fue usado para ensayar y en su plana existencia cuenta con pedazos microscópicos de pies diversos, restos de sudor seco, pequeños hilos enroscados que escaparon de algún tejido, mezcla de respiraciones que ya se condensaron. El silencio nos tapa los oídos, el diafragma no trabaja y el corazón no late. Un cuerpo humano vuela desde un lado. Vuela y luego cae en su costado, inmóvil hasta que abre sus ojos.

De pronto me encontré ahí dentro.

El intérprete corrió con tal intensidad que en un instante desapareció en las butacas. Todos nos volteamos a ver para identificarlo entre nosotros. Me señalaron a mí, yo los señalé a ellos. Descubrimos que la casa nos cambió y que ya no estábamos solos. El sudor cubrió nuestra cara por haber terminado tan extenuante función. El listón rojo cayó, y comenzaron los aplausos.

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Esto lo entregué el 29 de noviembre de 2012 para la materia de Escritura Creativa con Guillermo Espinosa. La idea era escribir un cuento con la idea de “casa embrujada”.

(Actualización, 5 de diciembre)

El profesor me envió el siguiente comentario (se supone que había que basarse en Casa Tomada de Cortázar)

Estimado José Manuel, me hubiera gustado que te apegaras al modelo, “Casa tomada”. Y es que en realidad yo no sé si ésto sea un cuento, me parece más como un poema en prosa, o prosa poética. Hace falta una trama, un conflicto que se desarrolle y no sólo imágenes poéticas. No veo errores graves de redacción ni ortografía, tampoco con el estilo, pero sí hiciste “otra cosa”. Tu nota de cuento es 90.

Memorizaré un par de pares de pares de pares de cosas. (No las he contado en realidad)

Esa niña me gusta mucho. Muchísimo. Me controlo para no ir a buscarla en todos los salones con examen.

Quiero regalar(le) momentos y experiencias.

La confundo siempre. Pero qué oso darle tanta importancia.

Oportunidad del solo.

Todas las veces igual, frases desconectadas en apariencia y con este tonito de ¿suficiencia?

Ni escribí esto continuo.

Cuerpo y pasión.

hhhkkkjfkddddkd

Siempre jgkfgfñgf

Por qué no qrerertrtqewrere

¿quererte?

ppplpkjlliuiiooioppiopipipouiuiouuouyuy

aaaaaaaaaaaaaaa

nbnbnbnvvbvmbvmbvmbnvmnvvbv

No suena

esxcesxewsxcesxcesxcfcdsxcdfeeerexpresarse

213123434134134134134341314 esos no los había pensado

ñ{ñ{ñ{ñ{ñ{ñ{ñ{ñ{ñ{ñ{ñ{ñ{ñ{lñ{l{ñk{k{k{k{k ?

.,.,.,.-,–,-,.-.,-.,-.,-.,-.,-.-,.,-,-.,-,.-,-.-,-.–,-.–

o puro espacio

gjfg  fkjgjf       gnfg

mm

qué hago

esto no es

‘¿’¿’¿’¿’¿’¿’¿’¿’¿’¿’¿’¿0’0¿9¿090¿’98’0¿90¿8908’080¿80¿8’8’8’

qué hago

¿de nuevo?

lñiolkiukiwqertyuytretytrtytrtyuio

m

…………………..